Pamela Colman Smith La Artista que dio Vida a las Cartas del Tarot

18 de octubre · Personajes del misterio
Por ERGON
Antes de interpretar una carta del tarot, la miramos. Nos detenemos en un rostro, una postura, un paisaje o un objeto. En el tarot Rider-Waite-Smith, esa primera conversación con la imagen existe gracias al trabajo de Pamela Colman Smith. Sus ilustraciones dieron forma a una baraja que sigue influyendo en la manera de representar y leer el tarot.[1]
Recordar su nombre permite reconocer a la artista detrás de las cartas. También abre la puerta a una trayectoria más amplia: Pamela fue ilustradora, escritora, editora y creadora vinculada al teatro. Su obra merece conocerse por sus imágenes y por el trabajo que hubo detrás de ellas.
Una vida entre imágenes, relatos y escenarios
Pamela nació en Londres en 1878, en una familia estadounidense relacionada con las artes. Durante su juventud pasó temporadas en Jamaica, donde el trabajo de su padre llevó a la familia. Creció en contacto con la creación visual, la literatura y las artes escénicas.[2]
Con el tiempo ilustró libros y publicaciones, y expuso sus pinturas en distintos países. Su actividad incluyó la revista The Green Sheaf, publicada entre 1903 y 1904, en la que reunió escritura, ilustración y una visión editorial propia.[2]
La Morgan Library & Museum recuerda que ya había realizado numerosas ilustraciones y diseños teatrales antes de su colaboración con Arthur Edward Waite.[3] Este dato cambia el punto de partida: cuando recibió el encargo del tarot, tenía una trayectoria artística que aportó al proyecto.
El encargo de las setenta y ocho cartas
En 1909, Waite le encargó diseñar una baraja de setenta y ocho cartas. Ambos estaban vinculados al entorno de la Golden Dawn, una organización dedicada al estudio y la práctica del esoterismo.[1][4]
La colaboración dio lugar a la baraja conocida como Rider-Waite-Smith. El Victoria and Albert Museum señala que Waite proporcionó indicaciones precisas para los arcanos mayores, mientras que Pamela tuvo una libertad creativa considerable en los menores.[1]
Su participación consistió en crear imágenes capaces de sostener un lenguaje simbólico. Una figura necesita una postura; una situación, un espacio; una emoción, un gesto que permita reconocerla. Esas decisiones pertenecen al trabajo de una artista, incluso cuando forman parte de un proyecto compartido.
La fuerza narrativa de los arcanos menores
Una de las aportaciones más influyentes de esta baraja fue la presencia de escenas en las cartas numerales. Frente a la simple disposición de los símbolos del palo, las imágenes ofrecían situaciones que podían observarse y relacionarse entre sí.[1]
No significa que fuera la primera baraja ilustrada de toda la historia. El tarot tiene un recorrido anterior de varios siglos. Lo relevante aquí es el alcance que tuvo este lenguaje visual y su influencia en numerosas barajas posteriores.
Esa dimensión narrativa permite mirar una carta antes de acudir a una explicación. Podemos observar qué hacen sus personajes, hacia dónde dirigen la atención o cómo se relacionan con el entorno. Después llegará la interpretación, con sus convenciones y sus posibles lecturas.
La distinción ayuda a aprender: describir lo que vemos y reconocer lo que añadimos al interpretarlo son dos pasos diferentes.
Arte y espiritualidad en su contexto
El Whitney Museum sitúa sus diseños en relación con las líneas del Art Nouveau y con recursos visuales de las estampas japonesas. También señala el contenido esotérico y religioso de la baraja.[4]
Por tanto, sus cartas pueden estudiarse desde la historia del arte, además de desde el tarot. La composición, el color y la relación entre figuras y paisaje forman parte de su capacidad para comunicar.
Que una imagen tenga un uso espiritual no demuestra que prediga acontecimientos. Su valor artístico y su capacidad para suscitar asociaciones pueden apreciarse por sí mismos. Para quienes la emplean como herramienta de reflexión, importa también la responsabilidad con la que se formulan las interpretaciones.
Recuperar el nombre de la creadora
Durante mucho tiempo, la denominación «Rider-Waite» dejó fuera el apellido de Pamela. El proyecto académico Yellow Nineties recoge cómo la valoración creciente de su trabajo ha acompañado el uso de nombres como «Waite-Smith» o «Rider-Waite-Smith».[2]
Nombrarla permite reconocer su autoría visual. También evita reducir su vida a un único encargo, por influyente que fuera. Pamela murió en 1951; las instituciones que conservan y estudian su obra ayudan hoy a mostrar esa diversidad.[4]
Desde By Ninniane, proponemos volver a las cartas con atención al trabajo artístico. Antes de buscar un significado, detenernos en sus detalles y preguntarnos cómo una imagen consigue contarnos algo.
Es una forma sencilla de acercarse a su legado: mirar despacio, reconocer a quien creó esas escenas y dejar que el estudio acompañe a la intuición. En cada carta hay símbolos, pero también decisiones de dibujo, composición y color que merecen nuestra atención.




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